viernes, 5 de marzo de 2010

Lo normal es que Bob se levante alrededor del mediodía; cuando bebe no sale de su habitación antes de las tres de la tarde. Pero un día (qué digo día, una ¡mañana!), contra todo el orden del universo, se despertó a eso de las ocho. El milagro no fue gratuito: Bob tenía que llamar a las ocho y media a la clínica para agendar una cita con el médico esa misma tarde y no tener que esperar una semana. Como fuera, Bob estaba contento: no había tenido pesadillas (siempre lo asaltan después de las nueve) y estaba dispuesto a hacer rendir el día. Después de llamar, Bob prendió un cigarro, calentó leche en un vaso, le puso tres cucharadas de café soluble, tres cucharadas de azúcar, prendió el televisor y se sentó en el sillón azul.

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