martes, 2 de marzo de 2010

Hace un par de años Joaquín Sabina visitó la ciudad. Era el V aniversario de una importante biblioteca y organismo cultural. Sabina se presentó junto con un poeta madrileño en una sesión medio relajada, medio informal, que anunciaron como "Diálogos de medianoche". Bob asistió al evento acompañado de Fozzie; una amiga que trabajaba en la prensa le consiguió los boletos. Sabina llegó con casi una hora de retraso. El lugar se abarrotó. Al parecer, la velada transcurría en ese tono de cháchara: los presentadores desenfadadamente lanzaban versos y ripios. Bob, no pudiendo contener los versos que se agazapaban en su pecho, se levantó de pronto como expulsado de su lugar. Interrumpió. Tomó la palabra y pidió permiso para leer un par de poemas. Sabina, compartiendo la sorpresa de los presentes, le dijo que no: la intervención de Bob no estaba en el programa. Bob no recibió bien la negativa: se cabreó e increpó, entonces, al artista acusándolo de hipócrita. 'Ése Sabina que va por la vida de bohemio, de alternativo, de fresco y no puede separarse de su programa. Además, ¿qué se había creído? ¿Un maestro?' Bob estaba seguro que había asistido a una tertulia, no a una clase. Y en una tertulia, piensa Bob, hay espacio para el diálogo y la espontaneidad. '¡Bah! Si los poemas del tipejo otro eran una mierda... sólo estaba ahí, seguramente, porque se droga con Sabina...'

Bob platica que su intervención fue aún más escandalosa y polémica de lo que hubieran sido sus poemas. Fozzie, mientras tanto, se carcajeaba remolinándose en su asiento; la amiga de Bob, la periodista, maldecía el momento en el que invitó al poeta pamplonés. Bob todavía se alegra de haberle dicho sus cosas a aquél tipo; presume haber sido mencionado en la reseña cultural del evento de algún periódico de la ciudad.

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